Falso Adagio a Neruda

Puedo escribir los versos más tristes esta noche…
Pero estoy hasta la madre de este romanticismo exacerbado.
 
El sol es el único astro en el cielo,
el calor me sofoca y un viento seco aúlla,
es un grito de terror, mezclado con zumbidos de moscas muertas.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche…
pero me da hueva;
con la colilla del cigarro intento ahuyentar a esta chinche:
la tristeza.
 
No sé si la quise o ella me quiso, no me  importa.
Tal vez era sólo un juego, como las escondidillas:
se escondían tras un falso consuelo los abrazos,
un bochorno y un te quiero disfrazaban a los besos.
 
¿Ella me quiso? No lo sé… ¿Y yo? Qué más da…
era un querer de ciegos, nunca nos miramos a los ojos,
temimos caer víctimas del amor de dos pares de pupilas.
 
Puedo escribir los versos más pinches esta noche…
Pensar que ya no importa, que hay  más mujeres,
que terminará algún día la aridez en este sitio.
 
Yo me tapo los oídos para no oir,
prefiero ignorar el "no te amo", el "estoy cansada",
el "seamos sólo amigos".
 
Se me inunda la cabeza con delirios,
sueños impropios, ideas impías.
Me niego a restarle importancia
al hecho de tu presente ausencia
que me acosa en medio de este sol sofocante.
 
Alguien susurra tu nombre en alguna parte,
alguien lo grita con rencor,
alguien lo escribe con melancolía.
Alguien a lo lejos, sí, muy lejos,
tal vez te recuerda.
 
Mientras, yo finjo tranquilidad,
juego al estoicismo pero siempre pierdo;
termino buscándola en rincones inciertos,
en las miradas de otra gente,
en los poemas, en los sueños.
 
La historia se repite una y otra vez,
el mismo lugar, el mismo tiempo y espacio
incondicionales
para el encuentro de nuestras ausencias.
 
Me aferro algunas veces a que sea igual que antes,
repito incluso de memoria las palabras y los gestos.
Lo peor de todo es que aún la quiero,
mi voz está seca por la sed y por su nombre.
 
Sé que nunca fue mía,
siempre hubo otro que tocó sus labios
y besó su cuerpo;
mientras yo me quedaba sólo con su aliento,
su mirada incierta, su murmullo indescifrable.
 
¿La quiero? ¿No la quiero? ¡Yo qué sé!
Todo es tan confuso.
Estoy haciendo una montaña
de apenas un granito de amor
y un cielo de esperanzas vanas.
 
No hay peso ni medida
ni conciencia,
no hay nada.
 
Es estos días de calor sofocante trato de olvidarla,
de pensar que fue una noche, que fue un mal sueño,
que es sólo la imagen de un poema triste y nocturno,
el último de una veintena, la sentencia de una voz
que no se olvida.
 
Tal vez son, sí, ¿por qué no?
los primeros versos
que yo escribo…
 
Edgar Rodriguez
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